miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS BARES DE LA VIDA...

 


A raíz de una nota aparecida en el periódico La Nación de Argentina sobre los bares montevideanos, dice mi amigo Alejandro Romano que cuando leyó la nota se acordó de mí y hace un rato, dice más mi hermano de vida, el Pope Terevinto, que está sentado en el Bar Hispano y que también se acordó de mí. Hace ya mucho tiempo que no voy a Montevideo... la vida se fue construyendo de a poco en varios lugares del mundo pero principalmente aquí en Madrid. Nosotros, los montevideanos le decimos “boliche” al bar que sentimos como propio. Y yo, que me crié entre las mesas de un boliche llamado “Bar Capitol”... bar cuyo dueño era mi padrino... el viejo y querido Don Pedro “Tití” Scasso, en la esquina de Boulevard Artigas y Cuaró (hoy llamada Carlos Solé). En verano, cuando estaba de vacaciones, el lunes era el día elegido para aquella tertulia... Yo, como mi cortado y mis medialunas y comenzaban a llegar... por supuesto que el primero era mi padrino, luego iban llegando... Don Carlos Solé, el maestro de los relatores deportivos uruguayos, Pablo Víctor Vaga, juez de fútbol y creador de un nuevo estilo en el arbitraje. El Dr. Blanco (nada que ver con el canciller de la dictadura.) uno de los tipos más simpáticos que conocí en mi vida, pero también gran, pero gran jodedor... El “Bebe” Walter Carvidón, uno de los mejores porteros del viejo Wanderers que dio el fútbol uruguayo allá por los años 40. El Dr. “X” (no lo menciono por motivos obvios...), médico de todas las familias del barrio, y gran hincha de Rampla Jrs., además de ser gran borracho... El viejo Mendoza. Un enigma para todos... Levantaba quiniela clandestina en el bar. Dueño de una memoria increíble... era capaz de recitar de memoria cualquier delantera que se le pidiera. Don Julio Moro, fundador de una de las empresas fúnebres más importante, allá en el barrio de Sayago. Y por supuesto, mi padrino Tití... el viejo Scasso. Yo, con 6 añitos y en medio de aquellos viejos sabios... pero sobre todo... viejos bandidos. Pero con ellos aprendí a escuchar y aprender... aquello era un curso acelerado de filosofía y tango. “Tití” siempre me decía... –lo que se aprende en esta mesa no se comenta afuera de ella-. Aquello me hacía sentir un sentido de pertenencia. Luego fui creciendo y “Tití” ya no estaba. Yo ya tenía hijos y vivía lejos del Capitol. Pero cada vez que podía me pasaba por el boliche y allí estaban... los que habían sido empleados del bar Capitol ahora eran sus dueños. Walter y José María... y en el horno de pizza seguía Miguelito... ya con canas pero haciendo el mejor fainá de Montevideo. Me tomaba uno o dos whiskys en la barra, una pizza a caballo y me iba. Otro “boliche” que fue mi casa era una parrillada que el gran Pepe Sasía había abierto cerca del Mercado del Puerto... El Pepe te servía un whisky y servía otro para él... el “boliche” iba bien... trabajaba mucho pero el Pepe cometió un error. Puso al “Canario” Luna detrás de la barra y no delante... Y el Canario se agarraba terribles pedos y no sabía que cobrar a los clientes que se iban sin pagar... Eso sí, amanecimos varias lunas cantando retiradas de “Asaltantes con Patente” y de los “Diablos Verdes”.... Recuerdo que a veces, a las 5 de la mañana, cuando la parrilla estaba humeando, el “Pepe” Sasía echaba unos troncos y nos comíamos unos buenos churrascos... Cuántos recuerdos... que lo parió! Yo estoy convencido de que cuando necesito borrar los mares y las fronteras, solo me basta con entrar a uno de mis boliches aquí en Madrid. Y no sé si estoy en Montevideo o en Madrid... Cuando me siento en la barra del “Libertad 8”, su dueño... Julián no tiene ni idea de lo que siento. O sí... claro que tiene idea! Allí fue que conocí a Elena.... la camarera más hermosa y con la que compartí casi 10 años de mi vida. Lamentablemente el boliche de Jesús, pegadito al Libertad 8 ya cerró sus puertas pero ahí también me pasaba lo mismo y ni que hablar de cuando voy al “Respiro” de la calle Infantas, donde su dueño, también llamado Jesús me pone unas tapas de paella, conejo o jamón serrano que ni te cuento. Pero lo que más me gusta es cuando me dice “espera...” y se va a la cocina y me trae unos tomates que trajo de su pueblo cortados a la mitad y les pone sal gruesa y los baña en aceite de oliva... y es el mismo sabor de los tomates que me servía mi abuela... Otro bar que quiero y mucho es el “Bar Las Charcas”... cuando recién llegué a Madrid, vivía en Carabanchel. En la esquina de casa estaba este bar... Allí estaba José, el dueño. Un español que le daba trabajo a varios dominicanos, todos sin papeles... pero que les pagaba hasta el último céntimo... Y allí estaba Eva, una negraza dominicana que con el tiempo se transformó en mi hermana... En ese bar yo grité los goles de Luis Suárez en el mundial de Sudáfrica... mientras Eva me hacía unos bocadillos de lomo que ni te cuento... Por todo esto, es que cuando entro a un “boliche” de los míos aquí en Madrid, es como si estuviera entrando a uno de los “míos” allá en Montevideo. Se borran las fronteras y a veces también el tiempo... mientras aguanto una barra de mostrador y veo a aquel niño que fui, al mismo que desayunaba en el Bar Capitol. Al que aprendió de dados, timba, filosofía y de los códigos del barrio y del boliche. Así... como en un cuadro de Hooper, sentado en el ventanal de un bar cualquiera... siempre sentiré que las distancias y los mares se borran.  Y para el final... como decía “El Sabalero”... –Lindo haberlo vivido, para poderlo contar.- Salud!!!

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