(Una historia de admiración, lealtades, silencios y dignidad.)
Hay historias que uno conoce de toda la vida y que, sin embargo, un día descubre que no conoce tanto. Alcanza con mirar detrás de los nombres, escarbar en las biografías y preguntarse qué hubo realmente detrás de aquellos retratos que nos enseñaron en los libros.
Eso me pasó con Miguel Hernández. A raíz de un comentario de mi viejo y querido Poni Micharvegas, acerca de que tanto Lorca, Dalí y Rafael Alberti no solo habían despreciado a Miguel, sino que simplemente lo habían traicionado, fue que me puse a investigar.
Siempre admiré al poeta, sus versos, su manera de hablar del amor, de la tierra, de la guerra y de los pobres. Pero últimamente me dio por acercarme al hombre. Y todo fue a raíz de una exposición en mi trabajo, en la Biblioteca Nacional de España, donde se exponían los juguetes de madera que Miguel le había hecho llegar a su hijo. Miguel fue aquel muchacho de Orihuela que llegó a Madrid con sus alpargatas gastadas, su origen campesino y una poesía que le desbordaba el alma.
Era un pastor de cabras que escribía. Y vaya si escribía.
Pero el talento no siempre alcanza para abrir las puertas. A veces hay que tener apellido, amistades y un lugar en esa mesa donde los consagrados se reconocen entre ellos. Miguel tuvo que ganarse cada centímetro.
FEDERICO GARCÍA LORCA: LA ADMIRACIÓN QUE NO FUE CORRESPONDIDA
Miguel admiraba profundamente a Federico García Lorca. Lo consideraba uno de los grandes poetas de su tiempo y esperaba encontrar en él algo más que un escritor consagrado: esperaba encontrar a un compañero.
Lorca lo recibió inicialmente con palabras de aliento, pero después llegó el silencio. Miguel volvió a escribirle, le pidió ayuda para encontrar trabajo y le reclamó atención. En una de aquellas cartas dejó una frase que todavía duele: «Si para ti no significa nada mi amistad, para mí mucho la tuya».
Hay algo particularmente triste en descubrir que nuestra admiración no ocupa el mismo lugar en el corazón de la otra persona.
Cuando Federico fue asesinado en Granada, Miguel no tuvo mezquindad alguna. Le dedicó una elegía extraordinaria. Lloró al poeta y al hombre, pese a los desencuentros.
Porque Miguel podía sentirse herido, pero no necesitaba negar la grandeza de otro para defender la propia.
ALBERTI Y MARÍA TERESA LEÓN: LAS PREGUNTAS QUE QUEDARON SIN RESPUESTA
Con Rafael Alberti la historia adquiere otros matices. Habían compartido militancia, actividades culturales y la defensa de la República. También estaba María Teresa León, escritora y compañera de Alberti.
Pero llegó 1939. La República se desmoronaba y Madrid era una ciudad derrotada. Alberti y María Teresa consiguieron salir de España. Miguel quedó atrás.
El diplomático chileno Carlos Morla Lynch dejó escrito en sus diarios su malestar porque Alberti no se hubiera preocupado suficientemente por Miguel. De ahí nace una controversia que todavía hoy divide a biógrafos e historiadores.
También hay testimonios de que Miguel tuvo una posibilidad de buscar protección diplomática en Chile que no pudo aprovechar en aquel momento.
No pretendo dictar sentencia, pero tampoco creo que debamos pasar por encima de aquella pregunta: ¿se hizo todo lo posible por ayudarlo?
Porque una cosa es no poder salvar a alguien y otra muy distinta es no hacer todo lo que está en nuestras manos para intentarlo.
La historia tiene esas contradicciones. Los hombres no son solamente lo que escriben en sus poemas. También son lo que hacen cuando otro necesita ayuda.
DON ANTONIO MACHADO: LA DIGNIDAD SIN ALARDE
No consta que Miguel y Antonio Machado fueran amigos personales, aunque coincidieron en el compromiso republicano y en el Congreso Internacional de Escritores de Valencia, en 1937. Miguel admiraba su poesía y tenía entre sus libros Soledades, galerías y otros poemas.
Siempre he sentido una enorme admiración por don Antonio. Por su sencillez, por su manera de mirar a la gente, por esa ética que no necesita anunciarse a los cuatro vientos.
Machado terminó cruzando la frontera francesa junto a miles de españoles que huían de la barbarie. Murió en Collioure, en febrero de 1939. En uno de sus últimos papeles aparecieron aquellas palabras: «Estos días azules y este sol de la infancia».
Qué manera de irse.
Machado no necesitaba dar lecciones de dignidad. Su vida ya las había dado. Y pienso que Miguel encontró en él una de esas referencias que permanecen para siempre.
PABLO NERUDA: UN AMIGO CUANDO HACÍAN FALTA LOS AMIGOS
Con Pablo Neruda ocurrió algo diferente. Reconoció enseguida el talento de aquel muchacho de Orihuela, lo acercó a los círculos literarios, lo ayudó a encontrar trabajo y le abrió las páginas de su revista Caballo Verde para la Poesía.
Pero lo importante vino después.
Cuando Miguel terminó en prisión, Neruda no se olvidó de él. En junio de 1939, desde la cárcel, Miguel pidió que hicieran llegar una carta a su «genial poeta y amigo íntimo Pablo Neruda».
Me gusta esa expresión: amigo íntimo.
Neruda se interesó por su situación e intentó ayudarlo. No consiguió sacarlo de aquella cárcel, pero no lo borró de su memoria. Después escribiría sobre él y lo recordaría como uno de los grandes poetas sacrificados por la barbarie.
A veces uno no necesita que le escriban una elegía cuando ya está muerto. Necesita que alguien se acuerde de uno cuando todavía está vivo.
JOSEFINA MANRESA: LA MUJER QUE CONSERVÓ SU MEMORIA
Y ahora quiero detenerme en alguien de quien se habla bastante menos de lo que merece: Josefina Manresa.
La esposa de Miguel, su compañera, la mujer a quien escribió tantas cartas desde los frentes y las cárceles.
Tuvieron dos hijos. El primero murió siendo todavía un bebé. Después nació Manuel Miguel, al que su padre apenas pudo disfrutar.
Cuando Miguel murió en la prisión de Alicante, Josefina se quedó sola, con un niño pequeño, sin recursos y con una dictadura que no tenía precisamente simpatía por la memoria de su marido.
Pero hizo algo extraordinario: conservó sus cartas, sus documentos y sus recuerdos. Defendió su obra y escribió sus propias memorias, convirtiéndose en una figura fundamental para que Miguel no desapareciera de nuestra historia.
Hay algo que me conmueve especialmente: las Nanas de la cebolla. Miguel las escribió desde la cárcel, después de recibir una carta de Josefina en la que le contaba que ella y el pequeño Manuel apenas tenían para comer pan y cebolla.
Y aquel hombre, preso, enfermo y condenado, encontró fuerzas para escribirle una canción de cuna a su hijo.
Un padre que no puede abrazar a su niño, que no puede llevarle un trozo de pan, pero que todavía puede regalarle poesía.
A veces pienso que Josefina merece un lugar mucho más grande en nuestra memoria. Porque los poetas escriben los versos, pero hay mujeres que pasan la vida entera evitando que esos versos desaparezcan.
Y ella lo consiguió. Fue gracias a ella, que guardó los juguetes que Miguel hizo en la cárcel para su hijo, que aquella exposición en la Biblioteca Nacional fuera posible…
JOAN MANUEL SERRAT: LA VOZ QUE LO DEVOLVIÓ A LAS CALLES
Pero Miguel no se quedó en los libros. Hubo alguien que consiguió llevarlo a las radios, a los bares y a la memoria de varias generaciones: Joan Manuel Serrat.
En 1972 publicó un disco dedicado íntegramente a Miguel Hernández. Puso música a sus poemas y los convirtió en canciones que comenzaron a circular por todas partes: Para la libertad, Nanas de la cebolla, Elegía, Menos tu vientre.
En aquellos años, cuando todavía pesaban la censura y los silencios de la dictadura, Serrat hizo algo más que musicalizar unos versos: le devolvió la voz a un hombre al que habían querido silenciar.
De pronto, Miguel ya no era solamente un nombre en los libros de literatura. Era alguien a quien se podía escuchar, cantar y sentir como propio.
Y eso tiene un mérito enorme. Serrat consiguió que sus palabras atravesaran el tiempo y llegaran a quienes todavía no habían nacido cuando Miguel murió.
Porque la poesía tiene una ventaja sobre los verdugos: puede sobrevivirlos.
LOS POETAS TAMBIÉN SON HOMBRES
No pretendo hacer un juicio sobre Lorca, Alberti o María Teresa León. La Guerra Civil fue una tragedia y no todos los testimonios coinciden. Pero tampoco creo que haya que colocar a los grandes escritores en un pedestal y dejar que sus contradicciones pasen inadvertidas.
Federico fue un poeta inmenso, pero Miguel no encontró en él la amistad que esperaba.
Alberti fue un hombre comprometido con la República, pero su actuación en los últimos días de Madrid sigue generando preguntas.
Machado fue una referencia de dignidad. Neruda supo estar cerca de Miguel cuando la amistad dejó de ser una palabra bonita y se convirtió en una necesidad.
Josefina sostuvo la memoria del hombre que amaba. Y Serrat consiguió que sus versos siguieran caminando por las calles.
Quizás de eso se trate. De entender que la grandeza de un escritor no siempre coincide con la grandeza de la persona. Que uno puede escribir sobre la libertad y no saber acompañar a quien la está perdiendo. Y que, a veces, quienes menos aparecen en los libros son quienes terminan haciendo más por conservar la memoria. Miguel Hernández murió el 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante. Tenía apenas 31 años. Lo mataron el hambre, la enfermedad, la persecución y la crueldad de un régimen que no podía tolerar a quienes habían defendido la libertad... Pero no pudieron llevárselo todo.
Quedaron sus libros, sus cartas, sus poemas. Quedó Josefina. Quedó Neruda. Quedó Machado, con su dignidad intacta. Quedaron las preguntas sobre quienes pudieron haber hecho algo más. Y quedó Serrat, cantando sus versos para que nunca dejáramos de escucharlos.
Me gusta imaginar a Miguel sentado en una mesa con don Antonio Machado y Pablo Neruda. Quizás también esté Federico. Quizás Alberti. No hay por qué negarles a los muertos la posibilidad de encontrarse sin reproches.
Y en algún lugar, Josefina ya no tiene que esperar cartas. No hay barrotes. No hay hambre. No hay guerra. Solamente un hombre que puede volver a abrazar a su mujer y a su hijo. Y una guitarra, en algún rincón, que sigue cantando sus versos. Porque hay hombres a los que se les puede quitar la vida, pero no se les puede quitar la razón de haber vivido.
Miguel Hernández fue uno de ellos.
«Y para la libertad, sangro, lucho, pervivo...»
Ese era, fue y será, Miguel Hernández, el poeta que cuidaba cabras.




