viernes, 18 de diciembre de 2009

Los sueños frustrados de Rudeber Martínez...


"La vida es un caos entre dos silencios"
Samuel Beckett

Fue hace muchos años atrás, pero recuerdo aquella noche perfectamente.
Era viernes y como todas las semanas nos juntábamos con la barra del laburo en una especie de ritual pagano.
Teníamos dos puntos de encuentro, la "Pizzería Trouville" o "La Castellana" de Boulevard España.
Cerca de las 20 horas comenzaban a caer... Rafael de la Sierra, El "Yeso" Ottonello, Jorge Moreira, Luis Dogliotti, el "Ronco" Olivera... qué personajes!
El itinerario iba desde cenar en el "Baccaro" de Gral. Flores o en la Parrillada "Rodelú" del Parque Rodó, pasando por tirar unas fichas en el Casino antes de ir a "Candilejas", en la esquina de Jackson y Luis Piera.
Allí eran habitués un pianista y un bandoneonista que mientras les pagáramos unos cuantos whiskys, eran capaces de tocar Piazzolla toda la noche.
Clarita, una de las mujeres más bellas que vi en mi vida, mientras esperaba que le saliera algún viaje, se empeñaba inútilmente en enseñarnos a bailar tango.
Fueron muchas las veces que amanecimos escuchando "Adiós Nonino", "Verano Porteño", "Uno", "Malena"...

A medida que avanzaba nuestro recorrido, la barra iba disminuyendo por culpa de algún amor furtivo.
Esa noche solo quedábamos Rafael y yo, el resto se había enganchado con unas turistas argentinas.
Aún era temprano.
Decidimos entonces ir a un lugar hasta ahora desconocido para nosotros... El "Sud América".
Al llegar a la esquina de Yatay nos asombró la multitud que iba llegando.
El "Sud América" o la "IASA" (Institución Atlética Sud América) era uno de los templos de la noche montevideana. Tenía varias salas de baile, desde música tropical, pasando por el pop hasta llegar al tango. Elegimos ésta última.
Nos sentamos en una de las mesas y pedimos un whisky.
Desde allí, observábamos absortos como cientos de parejas bailaban al ritmo de las orquestas de Donatto Racciatti y el "Potrillo" César Zagñoli.
Se respiraba ambiente de tango por todas partes.
A nosotros nos causaba cierta gracia ver como los caballeros invitaban a bailar a las damas con una inclinación de cabeza y extendiendo su mano. Luego de bailar una pieza, ella regresaba a su mesa, desde donde le sonreían cómplices el resto de sus compañeras.
También había varias mesas con señoras "cincuentonas" que esperaban toda la noche que alguno de aquellos galanes las invitara a bailar.
Bastaba con mirar hacia la pista para darse cuenta que el nivel de los bailarines era altísimo, por lo que decidimos quedarnos sentados y no pasar vergüenza pisando el delicado pie de las damas.
Tanto a Rafael como a mí, nos llamó la atención una pareja que se diferenciaba del resto. Meta firuletes, cortes y quebradas.
Bailaban con los ojos cerrados... confiando el uno en el otro, como solo lo hacen las almas cómplices.
Él la llevaba y ella se dejaba llevar...
Sus rostros me resultaban al menos conocidos.
Él tendría unos 55 años, su pelo cano y largo estaba impecablemente engominado
Vestía un saco color arena, la camisa azul de cuello generoso sobresalía al estilo de la época. Pantalón y zapatos negros.
Ella, sin duda algua había ido a la peluquería por la tarde. Tambíen pasaba los 50 años.
Su vestido negro incluía el típico tajo tanguero, atrevido y sensual.
Medias también negras caladas y tacones altos y anchos. Lucía un camafeo, también negro con una flor roja...
Más tanguera... imposible.

Bailaron toda la noche, apenas hicieron una pausa cuando la orquesta comenzó con "Las Cuarenta".
Su mesa estaba al lado de la nuestra.
Cuando se acercaron, ya no tuve duda alguna.
Él era Rudeber Martínez y ella, "Lita", su esposa.
Años atrás, yo había vivido en el barrio Reducto, más precisamente en la calle Marsella. Rudeber vivía en la casa de la esquina con su madre, su hermana y su cuñado. Recuerdo el jardín lleno de malvones, glicinas y jazmines que anunciaban al barrio en cada diciembre, la llegada de la navidad.
Mientras los seguía observando, le conté a Rafael la historia de aquella pareja.
Rudeber llegó a tutearse con la gloria en sus tiempos de futbolista.
Comenzó jugando en el glorioso Colón, el cuadrito del barrio.
Mi padre, que también había lucido la gloriosa verde, roja y blanca en otros tiempos, me llevaba desde chiquito por todas las canchas detrás de Colón.
Rudeber formó parte de una delantera que hizo historia en el club.
El "Pepe" Urruzmendi por la derecha, Luis Mata por el centro y Rudeber por la zurda.
Aquel año, el humilde Colón estuvo a punto de ganar el Campeonato Uruguayo de la "B" y lograr el ascenso. Al finalizar la temporada, entre Rudeber y Mata habían logrado más de 50 goles.
Perdimos aquella final con Fénix, que tenía un equipazo... Reyes, Urbano, Leivas y varios cracks más.
Luego de la final, Mata se marchó a jugar en Independiente de Argentina, los "rojos" de Avellaneda. El "Pepito" Urruzmendi pasó a Nacional, uno de los históricos del fútbol uruguayo y Rudeber Martínez recibió varias ofertas de equipos de la 1ra. División. Eligió la de Rampla Juniors, porque además de recibir un dinero importante, le ofrecían un trabajo en la Intendencia. Claro está que las cifras de aquellos años no tienen anda que ver con las actuales, pero sí era suficiente para comprar la casa de la calle Marsella y un Renault "Floride" descapotable... toda una maravilla para la época.
Su pasaje por Rampla Jrs. fue fugaz pero alcanzó para que la hinchada lo apodara "La Bordadora" por su forma de llevar el balón sorteando rivales. Realmente bordaba la cancha...
Recuerdo un partido en el Centenario frente al poderoso Peñarol de los "sesenta". Rampla ganó 3 a 2, los dos primeros goles fueron de Ronald Langón y el tercero, fue una pinturita de Rudeber... después de dejar sentada a media defensa, la puso contra el palo... allá abajo donde no llegan los porteros.
Desde su adolescencia, Rudeber estaba de novio con "Lita", quien luego fue la modista del barrio.
Pero la fama y los "nuevos" amigos lo marearon.
Se comentaba que no había "milonga" a la que no asistiese y cualquiera sabe que en todas las milongas hay una "Rubia Margot"...
Así fue que entre los vapores del alcohol y las mieles del éxito, Rudeber dejó plantada a "Lita" por una de aquellas "rubias de New York".
Reducto fue y será por siempre un barrio-barrio. Donde aún hoy, los vecinos sacan sus sillas a la vereda para tomar la "fresca" en verano y conversar mientras comparten un mate o una cerveza.
Se decía que Rudeber había conocido a su nueva "rubia" en un antro nocturno. Había tratado por todos los medios de sacarla de la prostitución y ello le costó mucho...
Le alquiló un piso en el Palacio Salvo aunque él seguía viviendo en la calle Marsella. Al poco tiempo, la "rubia" se fue con otro futbolista mucho más famoso que Rudeber...

Al finalizar el Campeonato de 1ra. División, Rampla Juniors se ubicó en la tercera posición, detrás de Peñarol y Nacional, lo cual lo convertía en el "Campeón de los cuadros chicos", como se decía despectivamente a los equipos menores del fútbol uruguayo.
Fue quizás la última campaña gloriosa de Rampla... Calleros en el arco, Méndez y Trueba, Del Horno, Reyes y Colucci; Franco, Gutiérrez, Langón, Alvarez y Rudeber Martínez.
Rampla recibió entonces una oferta para realizar una gira por Europa, que incluía partidos en España, Grecia e Italia.
Rudeber no alcanzó a terminarla.
El primer encuentro de la gira fue frente al Sevilla. Producto del cansancio por tantas horas de viaje, Rampla jugó metido en su área y Rudeber quedó solo allá adelante. Ganó el Sevilla y por goleada, pero la actuación de Rudeber fue tan brillante que el equipo andaluz le hizo una oferta a Rampla por el pase del delantero.
Rampla aceptó la oferta por lo que Rudeber se quedó en Sevilla.
Lo alojaron en un hotel del centro de la ciudad. En unos tres días, le harían un exámen físico y una revisión médica. Si todo estaba bien, firmarían un contrato.
En aquellos tiempos no había contratistas y se negociaba directamente entre el equipo y el jugador. Se había hablado de cifras que el jugador jamás había soñado ganar en toda su vida.
Acostado en aquella cama mullida del lujoso hotel, soñaba con traerse a su madre de paseo a España, comprarle una casa a su hermana, ayudar a los amigos del barrio...
Pero nada estaba firmado... debía esperar solo tres días para que aquel sueño se hiciera realidad.
Se levantó, se duchó y salió a la calle.
Estaba feliz y se dijo para sí:
-Rudeber... estás en Europa!-
Se sintió importante y se juró que aquella multitud que pasaba a su lado sin mirarlo, en poco tiempo lo adoptarían como uno de sus ídolos.
Buscó un lugar para cenar. Se cuidó, muy a pesar suyo de no tomar una sola gota de alcohol.
Cenó frugalmente y bebió agua mineral.
Le preguntó al camarero acerca de como volver caminando al hotel.
Tomó por la Calle de Alfonso XII y al llegar a la esquina con San Vicente se detuvo. El tráfico era intenso y mientras esperaba el cambio de luz en el semáforo, un coche subió la vereda llevándose por delante todo lo que encontró a su paso... los sueños de Rudeber incluídos. Su pierna izquierda, la que a fuerza de caños y gambetas lo habían llevado a la cima, se rompió en tres partes... el tobillo destrozado.
El Sevilla se encargó de todo... de la operación y de la vuelta de Rudeber a Montevideo. El pase no se haría y peor aún... Rudeber no pudo volver a pisar una cancha de fútbol.
Estuvo a solo 72 horas de tocar el cielo para siempre...
No pudo ser.
De vuelta a Montevideo, solo le aguardaba su trabajo en la Intendencia.
Ya no estaban aquellos "nuevos amigos" ni las "rubias de New York".
Pero había alguien más que lo esperaba.
Bah... siempre lo esperó.
Allí estaba "Lita".
Al poco tiempo se casaron.
Luego les perdí el rastro. Hasta aquella noche en el Sud América, no los había vuelto a ver.
Ahora estaban sentados a mi lado, recuperando fuerzas para volver a sacarle viruta al suelo.
Rudeber pidió un cocktail de frutas sin alcohol para "Lita" y un espinillar con hielo para él.

Cuando arrancaron los primeros acordes de "Melodía de arrabal", volvieron a la pista de baile.
Después de un rato, regresaron a su mesa y recogieron sus abrigos.
Cuando ya se iban, sin pensarlo tomé una servilleta de papel y saqué un boli de mi chaqueta. Lo encaré y con todo respeto le dije:
-Rudeber... me firma un autógrafo?-
Él me miró fijamente a los ojos y fue entonces cuando apareció aquella sonrisa desde el fondo de su alma.
Yo me había mudado del barrio siendo aún un niño, por lo que no me reconoció.
Me preguntó mi nombre para dedicarme su firma y me estrechó fuertemente la mano.
"Lita" me dio un beso y me dijo al oído:
-Gracias...-
Con el tiempo supe que "Lita" murió de un cáncer que la devoró en pocos meses.
Ayer, leyendo el periódico me encontré con un aviso fúnebre de la directiva del Club Colón comunicando su dolor por la muerte de uno de sus hijos predilectos.
Me cuentan que cuando murió "Lita", Rudeber que ya estaba jubilado de la Intendencia, no volvió a salir a la calle.
Rodeado de sus canarios, sus malvones y sus sueños truncados.
Al atardecer se sentaba en su jardín a tomar mate y escuchar Radio Clarín, donde en las horas pares pasan tangos de Gardel.
Rudeber Martínez... puntero izquierdo y tanguero.
Hoy, que el cielo de Montevideo está llenito de estrellas, me pregunto en cual de ellas estarán Rudeber y "Lita"... bailando un tango de mi flor.

(Todos los nombres y los personajes son ficticios, salvo los de Racciatti y Zagñoli)


Actualmente, el Colón Club de Fútbol milita en la 3ra. división uruguaya, luego de estar varios años desafiliado. Este es el Colón 2009.


Agradecimiento especial a Daniel Machado, buen amigo y gran fotógrafo.
Todas las fotos excepto "Colón F.C." pertenecen a Daniel Machado.
www.danielmachado.com.uy

5 comentarios:

Dafne Ink dijo...

Quê lindo cuento, che!
A ver cuândo publicas una novela o un conjunto de cuentos!
Era, es lindo el barrio Reducto, precisamente porque tiene eso: reductos, callecitas que sorprenden por tranquilas, como de pueblo, con el empedrado. Y da la chance de largarse al Prado a pasear en cualquier escapadita de domingo aburrido. Vivî una vez allî, cerca del local de Daecpu, despuês 'casi' me mudé para allî dos veces màs...cuando vendî en Malvîn, estuve a punto de volver...
Beso, Gato, gracias, que traten bien estas pre navidades.

Santi el de Los Divagues dijo...

Querido Gato:
Un hermosísimo cuento. Un cuento muy muy del Gato. Tan, tan bueno, que cuesta creer que los personajes son ficticios. Bueno, si lo eran, ya no lo son, vos le diste vida a esos personajes tan montevideanos.
Me la creí toda.
El Sudamérica...qué grande.
Cuando yo era chico, le llamaban "la cervecería".
Aquellos mostradores de madera y estaño, aquellos vitrales imponentes...las canillas de cerveza...
Impresionante Gato.
Un abrazón.

Eduardo dijo...

Que haces hermano, como estas se me ocurre que un poco melancolico, que historia increible, me acuerdo de casi todo ya que la vivimos juntos a otros tantos amigos del alma. Que memoria tenes me haces acordar de cosas que estaban en el cajon de los recuerdos, te deseo que pases lo mejor que puedas estas fechas que se nos vinieron encima lo mejor que puedas y acordate por aca en el sur seguis siendo un amigo irremplazable un abrazo grande y hasta pronto Watto.

El Gato dijo...

Dafne:
Si querés financiar la publicación de un libro, yo encantado. Aunque desde ya te anuncio que sería el peor fiasco de la historia de la literatura...
Gracias por venir seguido.
Felices fiestas para vos también!

Santi:
Te agradezco los elogios y puedo asegurarte que los personajes son ficticios. Es cierto que mi viejo era hincha de Colón y pensé que rescatar la historia de un club humilde como Colón, era en cierta forma homanejear al viejo Tuya.
Otro abrazo para vos!

Eduardo:
Creo que vos sabés que nunca viví en el Reducto. Lo que le decía al Santi, se me vino a la mente el nombre de Colón F.C. y se me ocurrió esa historia. Yo también te quiero mucho!
Un abrazo enorme.

Mifune dijo...

Odio eterno al fútbol moderno.
Enorme Hermano...