No... que no pasa nada. Al revés, pasan muchas cosas y de las buenas. El asunto es que yo soy de ese tipo de personas que si en medio de una fiesta de lo más animada, viene alguien y me dice: "Bo' ponete una de Cabrera" yo... voy y la pongo. Me parece buenísimo. Por eso esta canción de Dino. Junto a otras del mismo Cabrera, del Darno o de Silvio Rodríguez, nuncan dejarán de sonar un domingo a la mañana, mientras preparo la bolognesa para el mediodía. Además, tanto para Adriana como para mi, ésta es una de las mejores canciones de la música popular uruguaya.
"...en aquel humilde cuarto dormitabas en mis brazos muchas veces y en la cama destendida, nos íbamos en amor todos los días.
Horas que pasaban lentas pasión ciega arrebatando la penumbra que orlada de reflejos nos decía: Qué poco dura lo bueno y nos lastima.
Caminos que he recorrido devuélvanme las pisadas para que el viento no borre nunca, lo que almacena mi alma.
Cómo ver hacia las sombras, sin la luz que las alumbre..."
Desde su muerte, al amanecer del 17 de enero de 1989, no pude volver a escuchar sus discos hasta hace poco tiempo atrás. No podía soportarlo. Su voz, el sonido de sus guitarras... todo me hacía daño. Y más lo hacía desde que yo había salido del Uruguay. Hoy no solo disfruto del reencuentro con ese viejo compañero, también continúo descubriendo cosas en él, en su canto, en su mística. Siempre tuvo fama de serio, cosa que por otra parte lo era, pero me llamaba la atención que lo tildaran de hosco. No podía y seguramente no debió serlo. Un hombre que logra convertirse en la voz de todo un pueblo, tenía que ser capaz de sentir mucha ternura por el prójimo, tal como lo expresaba en su canto. Fue el cantor de todos. Sin excepciones. Enamoraba a las muchachitas y a las señoras en sus comienzos con “Milonga de ojos dorados” o con “Milonga para una niña”. Le cantaba a los cañeros del norte, a sus sufrimientos. Llenaba de esperanza la vida de los trabajadores rurales, de las prostitutas, los milicos de pueblo, los obreros y hasta de las amas de casa con aquello de “Doña Soledad... póngase un poco a pensar”. Cuentan algunos compañeros que en la época de la dictadura, mientras estaban presos, se sorprendían al escuchar a sus carceleros silbar alguna melodía de Zitarrosa. No se salvaba nadie. Nos llegaba a todos...
De mi infancia tengo el recuerdo de una noche en particular. Elbia, mi segunda madre... trabajaba en casa desde hacía un montón de años, había ayudado a criar a mi vieja y luego siguió conmigo y mis hermanas. Me llevaba a pasar algún fin de semana a su casa, allá en el proletario barrio del Cerro, más precisamente en la Avenida Grecia y Carlos Ma. Ramírez. Eran tiempos de luchas obreras y el Cerro estaba a la vanguardia de todas ellas. Mientras "el Rodney" Arismendi en el parlamento interpelaba al ministro de la época, los trabajadores del Frigorífico Nacional iban a la huelga. Entre ellos, Floreal... un hermano de Elbia. Sin querer... así... sin quererlo me fui impregnando de toda aquella buena gente obrera, trabajadora, solidaria, luchadora... Una noche, estábamos mirando televisión y había que hacer silencio, a esa hora comenzaba un programa musical llamado Discodromo, conducido por Rúben Castillo donde hacía su debut un tal Zitarrosa. Recuerdo su figura delgada, vestido con traje negro, camisa blanca y corbata oscura, impecablemente peinado a la gomina. También recuerdo la cara de las mujeres de la casa mirando embobadas la pantalla chica. Era el debut en la televisión de quien luego llegaría ser el más grande cantor popular uruguayo. Alfredo rompió con la hegemonía que hasta ese momento ejercía el folclore que nos llegaba desde Argentina, el que le cantaba al amor, al paisaje y a la nostalgia. Zitarrosa llenó de contenido sus canciones. Le cantó al amor como nadie, pero también le cantó al desamor, a la injusticia, a “la vida y sus vicisitudes” como a él le gustaba decir. Componía sus canciones pensando su música en tres guitarras y un guitarrón, lo que llevó a identificar el estilo Zitarrosa. Editó varios discos y se transformó en un fenómeno de ventas. Competía con la música que venía del exterior, pero les ganaba por paliza, incluyendo a Los Beatles. Cada disco de Alfredo se convertía en disco de oro. En 1971 adhiere públicamente al Frente Amplio, una fuerza de izquierdas que surgía de la necesidad de unirse para confrontar con los partidos de la derecha oligárquica, latifundista, ganadera y reaccionaria. El 27 de junio de 1973, el país entraba en su noche más larga. Los militares llevaban a cabo el golpe de estado que venían anunciando desde tiempo atrás, apoyados por la misma oligarquía criolla y la embajada norteamericana. Se quebraba así la tradición democrática uruguaya. Hacía un tiempo ya que Zitarrosa era censurado en las radios y la televisión. Los tres años que precedieron al golpe de estado, había sido prohibida toda difusión o actuación de actores, escritores, músicos... la cultura entera tuvo que exiliarse. Para los militares, cultura era subversión. Alfredo no tenía opción. Partió en 1976 hacia Argentina y se transformó así en uno más, de los miles de uruguayos que pasaron a tener una nueva profesión... exiliado político. Grave error el de la dictadura. Alfredo no les dio un minuto de tregua. Primero desde Buenos Aires, donde convocaba multitudes, luego en Madrid, España y finalmente en Méjico denunciaba a través de su canto y su mensaje a los torturadores y asesinos, a los verdaderos culpables de tanto sufrimiento. Sus discos fueron guardados como el mejor de los tesoros por el pueblo. El sólo hecho de escucharlos, aunque sea con el volumen bien bajito, era un símbolo de rebeldía y resistencia. Su canción Adagio a mi país, era tan pero tan triste, que él mismo confesó tiempo después en una entrevista, que había llorado amargamente mientras la componía. Al mismo tiempo, el pueblo uruguayo seguía resistiendo. Las cárceles y los centros de tortura se llenaban continuamente de hombres y mujeres dispuestos a dar la vida si era necesario. Muchos de ellos hoy continúan desaparecidos. Alfredo seguía componiendo y arroja al rostro mismo de la dictadura, su composición quizás más importante, Guitarra Negra. Una radiografía exacta del país. Una denuncia acerca de la tortura y la muerte, pero también un mensaje esperanzador, anunciando el regreso de la democracia.
Por aquel entonces, la única forma de esquivar la censura y oír la palabra de nuestros dirigentes políticos exiliados era escuchar a través de Radio Moscú el programa de Rodney Arismendi ó los sábados de tardecita, desde la antigua Checoslovaquia, por Radio Praga, el programa del ex-senador también comunista, Enrique Rodríguez comenzaba con los acordes de Adagio a mi País de Zitarrosa. Escuchar las guitarras y emocionarse, era un todo. El pueblo seguía empujando y empujando. Finalmente a comienzos de 1984, Zitarrosa es uno de los primeros exiliados políticos en regresar al país. Una multitud salió a las calles de Montevideo para recibir a su cantor. La caravana que se formó de autos, camiones, motos, bicicletas y hasta carros tirados por caballos, abarcaba varios kilómetros de largo. Su primera actuación tras el regreso, congregó a una multitud en el Estadio Centenario la noche del 31 de marzo de 1984. Recuerdo particularmente que en medio del espectáculo se cortó la energía eléctrica. Quedó todo a oscuras. La dictadura se estaba despidiendo. El corte habrá durado cerca de 30 minutos. No podíamos irnos, no lo iban a lograr. Así que empezamos a cantar consignas contra el régimen desde la tribuna. Primero fueron unos pocos, luego el Estadio entero. Por esa época aprovechábamos cualquier cosa para manifestarnos. Se habían acabado 11 años de silencio. Al volver la luz, Alfredo siguió con su espectáculo. Él tampoco se había ido. El pueblo y su cantor, ahora sí, juntos y para siempre.
Tras su regreso y por esas cuestiones de la vida, nos convertimos en vecinos, allá en Malvín. Primero vivió unos días en casa de sus suegros, luego compró una casa en la calle Aconcagua, si mal no recuerdo. Finalmente, cuando se separó de su mujer, compró un apartamento en la planta baja de un edificio recién construído en la calle Almería a la vuelta de la playa. Por ese entonces yo vivía en Almería y Yacó, frente al bar de José y Batista. Un bar donde al decir de Jaime Roos, paraba la vida. Si bien Alfredo era habitué del bar La Red en la calle Orinoco, varias veces coincidimos en lo de José. Pude comprobar, porque así lo dijo, que el exilio lo había cambiado. Pero yo lo veía triste. Con la tristeza de los grandes. En ese mismo bar se disputaba un campeonato de Truco, un juego de naipes muy popular en Uruguay. Se juega en parejas y está permitido mentir. Un amigo y yo nos enfrentábamos a Alfredo y no recuerdo bien ahora quien era su pareja. Nos ganaron por paliza. Mi amigo estaba enojadísimo conmigo. Lo que sucedió fue que era tanta mi admiración por Zitarrosa que jamás imaginé que un tipo así podía mentir. Esa noche vi reír a Alfredo como nunca. Al mismo tiempo, seguía escribiendo canciones, editó Melodía Larga y Milonga del Alma. Publicó un libro, “Sobre pájaros y almas”. Recuerdo que estaba apurado por presentarlo. Mal síntoma, pensé. Ya estaba enfermo. Su reencuentro con el alcohol, su separación, todo hizo que Alfredo se descuidara. Lo encontré un día a la salida del supermercado en Almería e Hipólito Yirigoyen con dos botellas de whisky en la mano. De gabardina y pantuflas, sin afeitarse desde hacía varios días, despeinado. Justo él que había cuidado y preservado su imagen como pocos. Pero tenía derecho. Se lo había ganado. También tenía derecho a morirse... y se nos murió el 17 de enero de 1989. Su entierro volvía a congregar a una multitud, pero esta vez lo despedíamos para siempre. El cuerpo fue velado en la institución teatral “El Galpón”. Cuando salí para ir al entierro, al pasar por su casa, ya algún vecino había puesto un ramo de flores en su balcón. Finalmente, el féretro envuelto en la bandera uruguaya comenzaba su viaje al cementerio Central y sucedió lo que tenía que suceder. Alfredo fue tomado por la multitud y llevado por ella. No podían ser otros los que lo llevaran... los trabajadores, estudiantes, hombres y mujeres del pueblo... los siempre olvidados, los nunca reconocidos, eran ellos los que llevaban a su cantor en ese viaje final. Lo pasaban de mano en mano, cantando “Alfredo, amigo, el pueblo está contigo”. Llenándolo de flores rojas... tan rojas como sus milongas sangrantes. Al llegar al cementerio, los compañeros de la UJC había pintado un mural con una leyenda. “Alfredo... la milonga está llorando.” Yo también. Alfredo, simplemente gracias... Compañero. Tu pueblo, que no te olvida.
Esta grabación pertenece a la última etapa de su exilio. Proveniente de Méjico, Alfredo estuvo unos meses en Argentina esperando el momento para cruzar a Montevideo.
Milonga para una niña, fue su primer gran éxito. (1966)
Una de sus mejores canciones... al menos para mí.
Su última grabación... este texto pertenece a uno de los cuentos publicados por Alfredo en su libro "Sobre pájaros y almas". Sabedor de su enfermedad... huele a autobiografía y despedida.