A comienzos de 1985, mientras empujábamos a la dictadura, los uruguayos nos convertimos en peregrinos permanentes entre el centro de Montevideo, el Aeropuerto de Carrasco y los penales de Punta Rieles y Libertad. La liberación de cada compañero preso era motivo de fiesta. Verlos salir con sus pocas pertenencias a cuestas, caminando primero… corriendo desesperadamente después hasta la ruta, desde donde los saludábamos agitando las banderas… Mientras tanto, los exiliados volvían en bandadas. Tamboriles, banderas, bombo, platillo y redoblante para recibirlos en el aeropuerto.
Formábamos largas caravanas en busca del abrazo mientras nos lamíamos las heridas aún frescas.
Recuerdo el recibimiento a Zitarrosa y aún hoy me emociono... Alfredo fue uno de los primeros en retornar al país. Fue en marzo de 1984, con la dictadura ya herida de muerte.
Autos, bicicletas, motos, camiones, carros tirados por caballos, gente a pie... el pueblo salía a recibir a su cantor.
Un día recibimos la noticia largamente esperada. Regresaba del exilio el entrañable Mario Benedetti. Si no recuerdo mal, volvía junto al elenco del Teatro El Galpón y a Daniel Viglietti, quien desde el aeropuerto mismo, se fue al Estadio Luis Franzini para realizar un concierto histórico. A los pocos días de su retorno, un grupo de compañeros que habían estado exiliados en Noruega y Suecia me invitaron a su “primer asado de regreso”.
Lo que yo no sabía, era que Don Mario también estaba invitado. Esa noche pude confirmar que se puede ser más que grande... inmenso diría yo... y a la vez ser tan humilde. Nos contó que lo primero que hizo apenas llegado de regreso a Montevideo, fue subirse a un ómnibus y contemplar a través de las ventanillas a la ciudad y su gente. En una de sus primeras actuaciones junto a Daniel Viglietti en la Cinemateca de Fernández Crespo, Benedetti leyó su “Quiero creer que estoy volviendo”. Ese día, confieso que no entendí la profundidad de lo que estaba escuchando. O mejor dicho, lo que nos estaba diciendo Don Mario.
Pasado el tiempo, lo fui entendiendo... no sin tristeza.
Nosotros, los pendejitos de entonces, la generación del silencio, los que resistimos al fascismo desde adentro mismo de sus entrañas, los que no dejamos un solo día de combatir a la dictadura... todos nosotros lo fuimos entendiendo de a poco.
Cuando muchos dirigentes políticos, sindicales y sociales volvían del exilio a ocupar sus “sillas” nuevamente por el solo hecho de haber estado exiliados... Don Mario nos decía al oído:
“…me fui menos mortal de lo que vengo
“…me fui menos mortal de lo que vengo
ustedes estuvieron / yo no estuve
por eso en este cielo hay una nube
y es todo lo que tengo…
nosotros mantuvimos nuestras voces
ustedes van curando sus heridas
empiezo a comprender las bienvenidas
mejor que los adioses …
todos estamos rotos pero enteros
diezmados por perdones y resabios
un poco más gastados y más sabios
más viejos y sinceros… "
Alfredo Zitarrosa, además de ser el más grande de todos los cantores uruguayos, tuvo que ahogar en un vaso permanente sus tristezas de exilio.
Decía Alfredo en un fragmento de su inolvidable Guitarra Negra “...Hago falta. Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy. Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera. Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado. Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo. Los ojos míos en la contemplación del mañana. Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.”
Decía Alfredo en un fragmento de su inolvidable Guitarra Negra “...Hago falta. Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy. Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera. Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado. Falta mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo. Los ojos míos en la contemplación del mañana. Mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.”Por todo eso, quise juntarlos. Las milongas de Alfredo, “Volver” de Mario Benedetti y una tangués-murguera llamada “Retirada” de Jaime Roos(*), un himno de aquellos años.
Una combinación lacrimógena… si las hay.
Las fotos de Mario Benedetti pertenecen al documental "Palabras verdaderas".
(*) Bo' Jaime... mirá que te pongo junto a don Mario y a Zitarrosa, eh? Aunque hayas votado al Hugo y por extensión a Sanguinetti... igual seguís siendo uno de los más grandes y no me jodas con que el arte no tiene nada que ver con la política... no jodas Jaime con eso... mirá que sigo siendo profundamente brechtiano... y como decía el Flaco, "soy un dinosaurio en el siglo de las máquinas". He dicho.