jueves, 27 de mayo de 2010

Historias mínimas... (Acerca de los locos y sus pensamientos)

(Oleo sobre tela R. Calvo)
Ooopss... parece ser que la foto del cuadro fue denunciada... igualmente dejo que aparezca el rectángulo vacío, como fiel reflejo de tanta cordura...


gato loco (foto robada de la interné...)

En una ciudad situada a orillas del Mediterráneo, existió un personaje digno de toda mi admiración.
No daré su nombre real por cuestiones que no vienen al caso, aunque tal vez un día y seguramente ese día llegará... se le hará un reconocimiento público.
Solo había que esperar a que muriera.
Ahora sí..
Ahora ya se le podrá hacer un homenaje. En vida, está muy mal visto eso de hacerle homenajes a los locos.
Este personaje, llamémosle Enrique... por ponerle un nombre nada más, fue un médico muy reconocido y gozaba del afecto no solo de sus pacientes, sino también de sus colegas.
Vivía en un edificio céntrico, cercano al Ayuntamiento, no recuerdo si en el primer o segundo piso.
La amplia terraza daba a una calle muy transitada.
Un buen día, de esa misma terraza, comenzaron a caer todo tipo de objetos... ropa, zapatos, un televisor...
Cuando la gente levantó la vista para ver quien podía cometer semejante locura, ahí estaba él... parado y sonriente, disfrutando de todo aquel caos.
Esto se repitió unas cuantas veces hasta que no quedó nada en la casa.
Perdón... nada, excepto sus cuadros y sus libros.
Siempre había sido rojo y republicano, fumaba marihuana a escondidas debido a su reputación social y profesional.
Un buen día decidió asumir todo aquello.
Se dejó crecer la barba, el cabello hasta los hombros, se compró una boina estilo "Ché" con estrella incluída y se colocó en la solapa una banderita republicana. Para completar su cambio, comenzó a fumar marihuana en público.
Por supuesto que renunció a su trabajo de médico.
Una noche se le escuchó decir en el Majerit, que es el lugar donde van los que tienen perdida la fe y el corazón... "De ahora en adelante, viviré de mis pinturas y mis poesías".
Fue demasiado lejos.
Sus tres hijos decidieron internarlo en un siquiátrico.
Aquello de tirar los muebles por la ventana los había más que preocupado, pero ver a su padre de boina, barba y fumando porros... no lo podían aceptar.
Estuvo seis meses en aquel infierno.
Cuentan que por las noches, cuando se ponía a cantar viejas canciones de la Guerra Civil, le administraban grandes dosis de tranquimazín hasta que un buen día, dejó de cantar...
Dejó de cantar!
Los médicos lo habían logrado...
Tantos años estudiando medicina para terminar matando a un pájaro...
Un buen amigo me contó que fue a visitarlo al siquiátrico. Cuando vio a Enrique se estremeció.
Le habían cortado el cabello y la barba.
Tenía los ojos perdidos viendo quien sabe que cosa y aquella sonrisa que lo caracterizaba era apenas una mueca por donde le caía un hilo interminable de baba.
Se sentaron bajo un árbol junto a un estanque.
Enrique parecía no escuchar y solo repetía:
"La sombra de mi alma
huye por un ocaso de alfabetos,
niebla de libros y palabras".
A la tercera o cuarta vez, le dedicó una mirada cómplice a su visitante y se acercó para decirle al oído:
"Lorca... es un verso de Federico..."
Fue la única vez que sonrió durante la visita. Luego se levantó y se fue.
Seis meses en aquel infierno...

Cuando salió, sus hijos contrataron a una señora para que lo acompañara día y noche.
Al poco tiempo... renunció.
Su explicación fue que ella era toda una señora y además casada... y que no estaba dispuesta a que aquel viejo loco le tocara el culo a cada rato.
Contrataron entonces a un enfermero.
A éste, Enrique no le tocaba el culo, pero en cuanto se distraía, abría las ventanas de la terraza, pasaba una pierna sobre la baranda y empezaba a gritar... "me lanzo... me lanzoooo"
Abajo, la gente no sabía que hacer.
Desde aquellos que se iban caminando para no presenciar la caída hasta los que poco menos que le suplicaban que no lo hiciera.
Cuando el enfermero tomaba conciencia de lo que estaba ocurriendo, lo agarraba de un brazo... -vamos Enrique... vamos-
Y Enrique lo obedecía dócilmente y se reía a carcajadas por el espectáculo que había montado. A la quinta vez, el enfermero cada vez que necesitaba ir al baño, lo dejaba acostado y atado a la cama.
Habría mil historias más para contar del viejo Enrique, pero la que más me gusta era cuando Enrique organizaba sus exposiciones.
Era realmente conmovedor.
Las hacía en la glorieta. Allí hay una gran bugambilla violeta (Santa Rita), que en los meses de verano cubre toda la plaza de flores. En cada una de las columnas que la sostienen, Enrique colgaba sus cuadros.
Sus pinturas eran su orgullo... sus obras de arte...
Enrique pintaba en hojas de cuaderno unos dibujos que parecían hechas por niños de preescolar, pero obviamente para él eran obras de arte.
Las colgaba con trocitos de cinta engomada.
El se paraba en el centro de la glorieta y le proponía a los que por allí pasaban que disfrutaran de sus pinturas.
Aquel que no se detenía, recibía los insultos del artista, que iban desde "franquista, reaccionario, facha..." hasta "me cago en todos tus muertos".
Más de una vez me mostré interesado en su obra.
La alegría no le cabía en el cuerpo. Entonces comenzaba a explicarte cuadro a cuadro. Donde yo veía una casita con un sol atrás, laguito con patos y un caminito con flores, Enrique te explicaba cada objeto como si fuera el Gernika.
Si lo felicitabas, él te regalaba su cuadro... jamás te lo cobraba y hasta se ofendía si querías pagárselo... se despedía con un apretón de manos y te decía algo así como... "bueno amigo, lo tengo que dejar porque debo atender a otra persona que está al llegar..." Y allá salía en búsqueda de otro posible "cliente".
Otras veces, el pintor daba paso al poeta y reemplazaba sus cuadros por poemas.
Enrique era así. Compartía su locura y su arte.
Jamás le hizo daño a nadie. Solo repartía ternura a mano llena.
Hasta que sus hijos decidieron internarlo nuevamente en el siquiátrico.
Ya no volvió a salir...

De la terraza, aquella que había sido el escenario donde Enrique había representado sus innumerables suicidios, colgaron un cartel... SE VENDE.
De aquel médico famoso al viejo artista... los separaba la locura o la cordura?
No lo se.
No se si Enrique estaba loco o simplemente quiso ser él.
Sentirse vivo, emocionarse con un verso de Lorca, disfrutar de un buen porro, compartir sus cuadros y sus poemas...
Ahora que el viejo murió, pienso que el mundo sería un lugar mucho mejor si en vez de tanta cordura, hubiera más locos como Enrique... desparramando ternura por las plazas.

(La historia es real. Enrique no se llamaba Enrique y la ciudad a orillas del Mediterráneo es Dénia. El cuadro es del pintor dianense Roberto Calvo. Nadie mejor que Roberto para inmortalizar a Enrique apoyado sobre la barra del Majerit, pues fue una de las pocas personas que lo visitaban en el siquiátrico).

9 comentarios:

El Santi dijo...

Qué cosa la de los locos...
Que tire la primera piedra el que no pensó alguna vez en hacer lo mismo que Enrique pero no lo hizo, porque la cordura lo venció.
Es tan fuerte la cordura que sólo unos poquitos son más fuertes que ella. Esos poquitos que le tocan el culo. Cuando Enrique le tocaba el culo a la señora casada que lo cuidaba, le estaba tocando el culo a la cordura. Todos sabemos que la cordura es una vieja hipócrita.
Abrazo

El Gato dijo...

santi:
será cierto eso de solo los niños, los locos y los borrachos... dicen la verdad?
acaso la verdad sea lo cierto?
un amigo, loco... muy loco él, cuando estaba en el Vilardebó, no se acercaba jamás a los muros para ver hacia afuera, porque decía que le dolía ver tanta cordura.
este post está basado en un personaje real pero obviamente y como buen descendiente de los Tuya lo estiré y vos sabés que justamente lo que más me gustó descubrir fue esa parte donde Enrique le tocaba el culo a esa señora. ahora vos lo acabás de definir mucho mejor... la cordura es una vieja hipócrita. y tanto que lo es! yo últimamente he tenido ciertos arrebatos de locura, como por ejemplo salir por los barrios bacanes de Madrid buscando una casa para afanar... solo no puedo, así que estoy intentando organizar una banda... ves? la cordura... al final siempre la cordura te frena... solo no puedo! pero andá... cagón!
bo santi... me fui al carajo...
Abrazo.

Navetu dijo...

hola Paisano;
me ha encantado tu descripción de este hombre todo un personage que todos tenos dentro, que la mierda del que diraa? nos deja en esa constante , lo tiro, no lo tiro, si sus muebles no le hacian compañia para que limpiarlos ?
el dia que me ingresen en un psiquiatrico, vete a ver mar a dentro y luego me preguntas por una corra de setas, me haces una tortilla de setas de un huevo solo, el vino lo pago yo.

un abrazo

El Gato dijo...

Navetu:
Paisano!
Una alegría verlo, leerlo y decirle que cuando lo internen en el psiquiátrico, por las dudas... búsqueme. Quien le dice, no?
Ah tortilla de setas! Usted ponga el vino que yo hago la tortilla.
Un abrazo!

Elizabeth Wojnarowicz dijo...

Permisoooo...¿queda algo de tortilla para mi? Me encantó la historia. Loco lindo que se animó a ser él a pesar de todo...La mayoría se queda con las ganas.

El Gato dijo...

Eli... no, tortilla no me queda. Pero si traés vino, hago otra.

Anónimo dijo...

Qué bueno el gato con casco! Me encanta.

Comienzo el fin de semana con una carcajada.
María

Brujita dijo...

Lo parió Gato, mire que con su relato me ha piantado varios lagrimones... Qué personaje!!! Digno de Tuya y de Don Verídico, que seguro lo hubiera llamado Agapito Catalán. Quién pudiera tener tener la suficiente locura para llevar adelante tamaña quijotada!!! Cuán distinto sería el mundo con varios "locos" como este!!!
Me encantó el casco que te compraste....jajaja. Te imagino paseando por Madrid con tu nueva adquisición, y me juego que allí donde tiene el calado ya le creció una flor.
Beso enorme
Silvia

Navetu dijo...

gato amigo:me he salido se eso del facebok tienes mi correo enel blog, necesito hacerte un comentario sobre algo doloroso que me a ocurrido con nuestro amigo en comun , capichi, pos eso.
saludos paisano