jueves, 21 de febrero de 2008

"Canicas de barro" - Jorge "Gallego" Castro


"El espíritu de la forma...
está en el vacío". (Jorge Castro - Escultor)

El “Gallego” Jorge Castro está bien... Se sigue recuperando de su operación. Hace unos días fuimos con Marcelo a visitarlo a su casa-taller en Agost, un pueblito alfarero cercano a Alicante. Y nos vinimos contentos... el “Gallego” está bien...

Este espacio que nació para hacer catarsis sobre el teclado, hizo que el vaivén de las palabras me acercara a gente que hoy, felizmente puedo decir que quiero y mucho. El “Gallego” es uno de ellos. La historia de este enorme artista (Jorge Castro - Escultor) y ojo que digo enorme no solo por ser un excelente escultor sino por la ética y la estética con que el “Gallego” concibe no solo el arte, también a la vida. Aquello que tan bien definía Bertold Brecht, el compromiso del artista con la sociedad. Conservo entre esos tesoros que uno va recogiendo a lo largo de este largo camino, un dossier de una exposición patrocinada por la Caja de Ahorros del Mediterráneo, donde el “Gallego” me escribió la siguiente dedicatoria...

La última vez que nos vimos, el “Gallego” me dio un texto que escribió como homenaje a su madre. Ahí relata las penurias que pasaron durante la Guerra Civil y la post-guerra. El “Gallego” puede hablar con propiedad de la historia triste de España. Su infancia, que transcurrió entre entre el terror franquista y los campos de refugiados republicanos en Francia, sin duda alguna lo marcaron para siempre. Su posterior exilio en Uruguay, luego Canadá... su vuelta a España. Hoy, que la derecha liderada por Aznar y Rajoy, lanzan un discurso xenófobo y racista contra la inmigración, estaría bueno que quienes piensan darle su voto en las próximas elecciones leyeran lo que escribió el “Gallego”.
Lo recomiendo seriamente, como forma de mantener viva la memoria colectiva.



CANICAS DE BARRO

Como dice Sabina en De Púrpura y Oro: “Habían pasado ya, los nacionales”..., y la desolación dejó al desnudo mutiladas intimidades todas teñidas de un gris desconocido. Las familias juntaban sus penas y miserias para hacerlas más llevaderas y entre pobrezas se organizó una red de intercambio de necesidades a través de los cupones de racionamiento. Las peladuras de patata y otras, propias o ajenas, se convertían en sopas extrañas y las colillas ya tenían destino antes de llegar al suelo; recicladas y mezcladas con “picadura” se convertían en cigarrillos con salida en su propio mercado. Las raciones diarias de alimentos para un adulto según Decreto y la Delegación de Abastos no se cumplían, ¿donde quedaban?... Impunemente todo se conseguía de estraperlo en una maraña perfectamente organizada. Paralelamente la Guardia Civil “confiscaba” todo lo que podía y algún familiar o persona de su confianza vendía esos productos a los propios perjudicados. Del lado del hambre, el ingenio y el estraperlo multiplicaron los panes y también se aprendió a dividir para compartir. Muchas familias contaban con muertos y con “cautivos y desarmados” llorados en silencios que empapaban los vestidos negros de las mujeres y los anchos brazaletes también negros de los hombres. Eran los colores predominantes: negro sobre gris.
El abuelo había muerto lejos, en Valencia y el desconsuelo se traducía en gestos austeros de rostros silenciosos y enrojecidos ojos que se mantenían abiertos por el peso del hambre y de las dilatadas ojeras malva cultivadas entre sollozos durante las interminables noches en vela. En casa de la abuela éramos once, toda la ropa de mujer se teñía de negro, se alargaban faldas y mangas y se cosían anchos brazaletes en las chaquetas y las camisas de los hombres.
Se pretendía mantener a los niños a salvo de las “cosas de mayores”. A pesar de todo creábamos un mundo paralelo a nuestra medida, interpretando y en ciertas cosas, emulando el de los adultos con fantasías y juegos que coloreaban el hambre, mientras silenciosamente la tuberculosis diezmaba las filas de nuestras bandas callejeras.
La abuela, experta en hambres colectivas, al frente de la cocina fabricaba sopas y pucheros con plantas y cosas desconocidas, que en la mesa humeaban su “sabor a gloria”, algo que nunca he podido identificar. Eso sí, bien calientes. Quizá el obligado rito de soplar la cuchara hiciera las cosas más apetecibles o ¿sería una estrategia de la abuela para “estirar” más la comida y quedar “fartucos” con el olor?. El pan también se estiraba. Nuestro padre cortaba rebanadas poco menos que transparentes, con la recomendación de “estíralo, ¡eh!” y descubrí la formula para estirarlo observando a mi hermana mayor a quien llegué a imitar. La primera vez, excitado, tuve la sensación de cometer un gran delito; en un descuido guardábamos bajo las nalgas parte de la rebanada de aquel oscuro amasijo y mi hermana decía: “pan papá”, seguido de un “y yo también”. En voz baja un rezongo forzado seguido de un imperativo “¡estirarlo..., que ya no hay más, eh!. Las miradas concentradas en el esmerado corte: más fina, más breve, más menos, esperando con los dedos humedecidos en saliva para recoger las pequeñas migajas y... más silencio, mucho silencio. Todos cabizbajos, los platos se aburrían ansiosos por recibir más de algo. El postre? “¡hala, a correr al prau! y mirar si encontráis alguna cosina p’a comer: mores, paninos o brotinos, tu hermana sabe...”
El cambio era radical del negro sobre gris pasábamos a nuestro mundo multicolor. Frecuentemente me encontraba con mis amigos y nos escapábamos al “río los praos” y concretamente al “forcau” a bañarnos en pelota y siempre se nos pegaba alguna “sanjiguela” que despegábamos con el calor de los cigarrillos liados con colillas recuperadas y algo de picadura robada a nuestros mayores. “El hombre que sabe fumar, echa el humo después de hablar”. Superada esa prueba sin toser, ya nos sentíamos como verdaderos hombres. Frente a casa, a lo largo del camino, unos pequeños montículos de barro me inducían a imaginar improvisadas trincheras de una guerra cuya estela de tristeza oficiaba de amalgama entre los hogares donde no destacaba la brillantina ni el tricornio. Aquella greda a la que llamaban “barro santo” ?..., servía para hacer figuras y particularmente canicas que, después de secas, le pedía a la abuela ponerlas en el hornillo de la ceniza para endurecerlas. El producto final me permitía entrar en el mundo del intercambio por cromos, chapas o canicas de otros materiales (piedra, vidrio, acero). A pesar de la sencillez de su forma, el modelar canicas me atraía e imaginaba “crear” algo importante.
Años, océanos y países mas tarde, cuando la necesidad obligó una vez más a agudizar el ingenio, algún extraño mecanismo me hizo recordar aquellas canicas y a pensar que mis manos y una acotada creatividad podrían ser razón y sustento. Constaté que “el arte ALIMENTA, pero no necesariamente da de comer”. Como un náufrago aferrado a un tronco, a pesar de tener que superar constantemente obstáculos desconocidos, el penetrar en el campo de la plástica me abrió las puertas hacia un mundo fascinante que hoy sigue siendo “razón y sustento”. Todo se afirmó cuando mi madre me dijo: “estás haciendo las mismas cosas que tu abuelo”.
La mejor herencia. Me había topado con unas manos ancestrales que nunca llegué a conocer.

A MI MADRE
Jorge Castro (25/11/07)
Esculturas:
"Censura" - Bronce 1997 (41 x 11 x 8 cm)
"Pablo" - Bronce 1990 (70 x 39 x 35 cm)
"El llamado de Euterpe" - Bronce 1997 (80 x 30 x 30 cm)

2 comentarios:

fernando dijo...

.. si el espiritu de la forma... está en el vacío..., el espíritu de la vida, esta en gente como el.
Enorme ese "gallego". Gracias Gato por acercarnos a gente como el.Sanyo

El Gato dijo...

Sanyo:
Lo del Gallego, emociona.
Un abrazo grande.